martes, 2 de agosto de 2016

Luces de colores.

Se veía a sí misma desnuda en la ducha, el agua caliente recorría todas sus curvas, el vapor se elevaba enturbiando el aire. Aparece otra mujer, también desnuda, que entra directa a la ducha. No la conocía, espera, quizás su rostro se parezca a aquella actriz tan guapa. Una sonrisa torcida y esa expresión de "ya se sabe lo que va a pasar aquí". Y pasó. Se vio gimiendo como nunca entre los dedos de aquella famosa desconocida.

Lara se despierta agitada, está bañada en sudor y sin embargo son días bastante fríos. Tarda un tiempo en entender que ha sido un sueño, un sueño de esos que tiene de vez en cuando, una pena que no recuerde nada. No es hasta que enciende la tele mientras desayuna cuando empieza a desvanecerse la amnesia al ver en la pantalla a esa actriz espectacular que acaba de estrenar una serie. Cae en la cuenta de que soñó con aquella mujer que posa en el photocall, le vienen a la mente imágenes, la ducha, los cuerpos desnudos… Se siente extraña, esto es novedad.

Les presento a Lara. Tiene 21 años, estudia Historia del Arte y hasta hoy era heterosexual. Y tal vez lo sigue siendo, no soy yo quien para dudar de los gustos de Lara.
Seguimos con nuestra historia. Hoy es el último día de clase antes de las vacaciones de Semana Santa y nuestra protagonista está emocionada porque en unas horas coge un vuelo a Barcelona. Allí la espera Olga, una amiga del instituto que se mudó a la capital catalana para buscar futuro como cantante jazz.


Acaba de recoger la maleta de la cinta a codazos y empujones arrepintiéndose por haberla facturado. Al salir busca entre las caras extrañas y encuentra la sonrisa de Olga. Llevan más de un año sin verse y sin duda están muy cambiadas. Olga con una media melena de pelo ondulado, más oscuro de lo que Lara recordaba, gafas llamativas, labios granate, vestido de flores y medias negras. También lleva puestos esos ojos castaños que siempre brillan ideando los planes más macabros, y esas pestañas que al batir rápido podrían generar un huracán. Lara viste vaqueros viejos y jersey digno de Ron Weasley en Navidad, a juego con su pelo larguísimo, rizado y menos rubio que hace unos años. Se abrazan fuerte fuerte, atentando contra la integridad de las costillas, y comienza la verborrea.

La semana se va evaporando entre confesiones, paseos nocturnos, recetas a cuatro manos y alguna que otra copa. La libertad que emana el ínfimo ático destartalado de la anfitrona conquista a Lara, y en esas cuatro paredes empieza a experimentar sensaciones que la confunden (o acaso ese beso no fue demasiado cercano a los labios y más largo de lo normal). Se sorprende con frecuencia escaneando el delgado cuerpo de su amiga cuando va de aquí para allá, más desnuda que vestida, buscando qué ponerse. Analiza situaciones intentando interpretar cada caricia, cada abrazo, y sobre todo cada taquicardia producida por la cercanía piel con piel.

Es la última noche en Barcelona, después de 2 pelis malísimas y una cena que amenaza con taponar todas sus arterias, deciden irse a la cama. Lara cierra la puerta, se quita la ropa y se pone la camiseta enorme de publicidad que usa para dormir. Se tira en el colchón y se acomoda buscando la zona sin muelles molestos, se tapa hasta el cuello, saca el móvil y revisa facebook esperando a que llegue el sueño. Pero antes que el sueño llega Olga, que abre la puerta con cuidado, procurando no despertar. Al ver que los ojos miel iluminados por la pantalla están abiertos, susurra "¿me haces un hueco?". Como si de repente hubiera resuelto la incógnita de una complicada ecuación, Lara sonríe y se echa a un lado. Se oían fuegos artificiales y por la ventana se colaban rayos de luces de colores, un escenario que combina a la perfección con saliva en los pezones, mordiscos en el cuello y orgasmos a dos bandas.


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