Mostrando entradas con la etiqueta Ven y te lo cuento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ven y te lo cuento. Mostrar todas las entradas

domingo, 14 de abril de 2019

7 de julio, sangre y dolor.

Me ha costado un tiempo escribir sobre este tema.

Los Sanfermines.

La atmósfera de decibelios y alcohol sin medida ya me incomoda. Llamadme aguafiestas, pero ese clima de desparramamiento multitudinario, esa necesidad de disparatar, ese entregarse al exceso amparados por la muchedumbre ya me produce náuseas.

Los encierros y las corridas, qué horror, un espectáculo de brutalidad paleolítica. Los toros aturdidos por la aglomeración, que corren despavoridos a golpes y trompicones sin reparar en nada más que en el deseo de salir de ahí. Y esas hordas de personas ahogadas en alcohol que buscan desatar adrenalina para que esconda un poco el miedo, que en un alarde de masculinidad pretenden encontrar la heroicidad donde no existe. Esa manada que disfruta la crueldad de ver a un animal revolcarse por el suelo, desparramar babas con los ojos inyectados en terror. Ver en la tortura divertimento, arte y tradición, ¿en qué seres repugnantes nos convierte?

Y tengo que hablar de esos machos bañados en sudor etílico, embriagados por el roce de los cuerpos que proporciona la multitud, sucios de testosterona. Esos que ven en la mujer una posesión, un ser con el único fin de complacer sus más vomitivos placeres, un lugar en el que escupir su porquería sexual. Esos que las rodean, las magrean, las desnudan con agresividad salvaje. Esos que meten a una chica en un portal, indefensa y aterrorizada, y la acosan, la violan, la rompen, y recogen el repulsivo show en una grabación para inmortalizar la humillación de la que se sienten orgullosos. Esos que vuelven a salir a la calle refugiados entre la masa humana, con sensación de impunidad, a continuar esparciendo violencia y sangre.

Me siento ajena a un país que festeja con ferocidad y salvajismo. Me siento avergonzada de que no se suspenda la celebración ante tales sucesos, de que no se ponga límite a la bestialidad de nuestra "cultura" respaldados en los grandes ingresos que supone. Me siento extraña en un mundo en el que combatir estas causas sea un movimiento aislado y ridiculizado.

domingo, 19 de febrero de 2017

Los hombres de verdad

Supe, oí, me contaron que buscaba sin descanso, ya sin aliento, una mujer inteligente, fuerte, independiente, maestra y sabia, segura. Decidí convertirme en eso que él anhelaba con todas sus fuerzas,y no me fue difícil, quizás porque ya lo era en parte, pero sólo en parte. Con algo de arrogancia añado que no tardó un instante en fijarse en mí, claro, yo era ahora lo que él ansiaba. Muy pronto llegaron las conversaciones de madrugada, cargadas de erotismo poco censurado, yo era su más lujuriosa fantasía hecha carne y piel. Dominante, intelectual, exitosa, experimentada, le faltaba babear. Para mí era divertido interpretar aquel papel, tenía algo de mí misma, aunque poco. Era gracioso que se dejara llevar, inseguro, sudoroso, veía en sus ojos el deseo voraz contenido por la timidez y el miedo a defraudar. Era yo quien marcaba las reglas, quien frenaba y aceleraba, él se limitaba a sorberme con la mirada sin dejar ni gota de mí.

Pero, a menudo, mi vida se retuerce y me sacude, y en una de esas convulsiones, la máscara se me aflojó y empezó a resbalarse nariz abajo. Me sorprendí una tarde desnuda, con las rodillas temblorosas, y una lágrima que contenía la amargura de la soledad en compañía cayó y salpicó. Tuvo que notarlo, porque arrugó las cejas y su lengua engendró con profundo desprecio "Las mujeres de verdad no lloran".


lunes, 30 de enero de 2017

Veo la ciudad pasar.

Veo la ciudad pasar, demasiado rápido como para captar detalles. Cemento, legañas y el asfalto húmedo, que no ha terminado de absorber mis lágrimas de anoche. El cielo se mueve más lento que la ciudad, hoy es de un azul pálido, grisáceo, triste, como yo. Intuyo que hace menos frío del que siento, me retuerzo y me recoloco buscando una posición que me aporte más calor, sin éxito. Oigo sus voces demasiado estridentes, me molestan, yo que siempre ando buscando entre los ojos de la gente, hoy no me interesan sus secretos, sus miedos, hoy miro a ese cielo triste con el consuelo irracional de hallar más amargura para terminar de ahogarme.

Sumida en mi bucle de luto, una imagen inesperada me saca del letargo, y es que creo ver, sobre ese cielo fúnebre, una estela de color. Un arcoíris, aunque no uno en toda regla, uno sutil, suave, desteñido. Pero estaba ahí, y estaba claro que era un arcoíris, por muy decepcionante que fuera. Una cinta que se esforzaba por tintar de vida el cielo, que rompía el aura lúgubre que yo había creado, que venía a fastidiar mi escena trágica. Esa banda colorida que, a pesar de ser tenue y frágil, ya suponía un cambio en el ambiente. Aunque me molestara, tenía que reconocer que la aparición de ese condenado arcoíris alteraba el panorama, aportando un rayito de luz y confianza que me sacaba, a regañadientes, de mi duelo. Y es que la vida es así, el día en que menos lo deseas sale un poco el sol. No esperes una luz cegadora, ni un día reluciente. No, nada de eso. Pero, de repente, algo muta levemente y esa pequeña mota de esperanza estropea tu cuadro de pura hostilidad, por muy insignificante que sea, te recuerda lo egoísta y absurdo de tu posición, ahí, acomodado en el dolor viendo la ciudad pasar. Y, aún refunfuñando, no te queda otra opción que agarrarte a la suerte de ese arcoíris mediocre, y salir.


jueves, 20 de octubre de 2016

Cabeza o corazón.

No hay ningún extremo bueno, eso lo tengo claro. Entre cabeza y corazón, hay que quedarse en el medio, o multiplicarse y mandar un poco a cada lado. El segundo es tu caso, siempre con intensidad, ganas y tenacidad, pero teniéndolo todo matemáticamente controlado. Por lo que me toca a mí, creo que me voy indudablemente al lado de los latidos, y me paso de frenada. Sé que soy un desastre, que me cuesta utilizar el cerebro y no tirarme a la piscina con la primera idea que pasa, que me cuesta pensar fríamente y que, a menudo, solo recuerdo lo que haya tenido alguna implicación emocional o parecido.

Creo que cuando ambos vamos dirección corazón nos entendemos tan bien porque se cruzan los dos extremos que tenemos en común, pero cuando toca bajar una marcha y enfriar la cabeza, no soy capaz de parar a tiempo y me como entera la primera curva que aparece, dejándote a ti la desagradecida tarea de recoger lo que queda del siniestro.

No sé ni de qué forma ni cuántas veces tendría que pedir perdón, y no sé si alguna vez seré capaz de multiplicarme como tú, pero, por lo pronto, déjame darte las gracias por hacer (más a menudo de lo que me gustaría) el trabajo intelectual de los dos.



martes, 11 de octubre de 2016

Somos pocos.

Somos un colectivo, un sector de nuestra generación, un pequeño grupo de jóvenes que decidimos vivir otra juventud. Me explico:

La personas vivimos nuestra infancia, felices o no, forjando gustos y manías, traumas y recuerdos. Luego llega la pubertad, y con ella la adolescencia. Edades de complejos, de inseguridad, de hormonas, de crispación, de emociones amplificadas y guerras con uno mismo. Aquí se fabrica gran parte de lo que seremos, aquí se adquieren las herramientas que, como en un videojuego, usaremos para superar niveles más adelante (por este motivo siempre defiendo que la sociedad requiere mayor atención para el adolescente, pero ese es otro tema).
En el camino entre la adolescencia y la juventud, con destino en la edad adulta, es frecuente vivir aventuras en busca de vértigo, miedo, exceso, adrenalina, a veces aderezados con algo de imprudencia e irresponsabilidad. No me malinterpreten, no vengo a juzgar ni condenar estas conductas, me resultan naturales y, en muchos casos, necesarias.
A partir de aquí, y progresivamente, la vida se vuelve algo gris. Pues, eso, la vida del adulto. Las emociones no son tan arrolladoras, la estabilidad se convierte en prioridad, y no se gesticula tanto para que las arrugas no tengan prisa por llegar.

Yo me siento incluida en una categoría de jóvenes, post-adolescentes, legalmente adultos, que decidimos saltarnos algunos pasos de los antes descritos. No nos sentimos atraídos por ese movimiento en busca de diversión sin más, no hicimos del "carpe diem" nuestro himno. Aburridos, parados o cobardes, optamos por buscar las emociones en otros sitios, sin duda menos atrevidos, pero que nos aportaban tanta o más intensidad. Encontramos el placer, la amistad duradera, el amor y el desamor, hallamos la piel de gallina, los gritos desesperados y los vellos de punta, pero eso sí, en otro lugar. No necesitamos los picos adrenérgicos, las taquicardias, ni los genitales al cuello para sentirnos vivos, fuimos sensibles a cosas más sutiles, invisibles para nuestros congéneres.
Y tal vez sea cosa mía, pero a aquellos que decidimos no gastar todas las balas, los que pensamos que era mejor idea no desbordar la piscina, aún nos queda juventud para rato, quizás para siempre. Conservamos, espero que por mucho tiempo, esas ganas por hacer, esa creatividad infantil, la fuerza para cambiar, el brillo en la mirada y la intención de encontrar la puerta para escapar de la vida del adulto gris.


lunes, 22 de agosto de 2016

Flor de cactus.

Tuve la gran suerte de verte florecer. Y digo la gran suerte porque ahora comprendo que fue un evento efímero, como una estrella fugaz (no olvidé pedir el deseo). No sé si tuvo que ver el ambiente de ese momento, quizás se daban las condiciones para tirar de la manta de una vez, para abrir los ojos, para deshacerse del disfraz y vestirse de uno mismo, para bajar los escudos, tirar las armas, y simplemente ser. Tal vez fui yo una buena jardinera, me gusta pensar que fue así. Ojalá influyeran en ti mis ansias de libertad, quisiera saber que mi mano fue ese apoyo necesario, y mi sonrisa el empujón que te faltaba. O a lo mejor, sencillamente, tocaba, fue un fenómeno casual, que puedo darse en ese instante como en cualquier otro. Pero en definitiva fui yo quien estaba ahí para ver cómo se abrían tus pétalos, cómo se desplegaban tus alas, cómo rompías barrotes. Mi triste sorpresa fue observar que te marchitabas muy rápido, de repente, casi sin terminar de florecer, y te volvieron a crecer los pinchos, y te alejaste de mí. A veces dudo de si fue una ilusión, algo que deseaba tanto que yo misma lo imaginé. Ahora te miro y te encuentro tan solo y apagado, tan imperturbable, tan rígido, tan a la defensiva, que me doy cuenta de que lo que viví contigo fue solo una fuga en tu sistema, una irremediable vía de escape. Quizás un silencioso S.O.S. y no tuve suficiente para pagar tu rescate.

Ojalá vuelvas a florecer, y ojalá yo esté contigo para verlo.


domingo, 7 de agosto de 2016

Crisis.

Recientemente, hace algo más de un mes, he sufrido lo que llamo "crisis de personalidad". Sí, me confieso así, de entrada. Creo que es un mal, una afección, que en mi caso se desarrolló de forma eventual y que supe revertir a tiempo. Pero hay personas, demasiadas a mi parecer, que padecen esta alteración permanentemente. Espero no estar metiéndoles miedo.

Yo lo describiría como esa necesidad imperiosa de encajar cuando sucumbes al arrebato de miedo a la soledad. Cuando el bienquedismo se convierte en la base de tus relaciones sólo con el fin de que no decir adiós a nadie más. Cuando decides apartar lo política y socialmente incorrecto para no ser juzgado por los ojos que te rodean. Cuando todo se reduce a una sonrisa fingida y la espontaneidad queda abandonada por el riesgo que pueda suponer. Cuando cada paso está medido construyendo el reflejo de algo que no eres, pero que tal vez pueda gustar. Cuando dejas ver solo tus virtudes, cuando el objetivo es agradar. Cuando el terror de perder a esa persona te mata y decides ser lo que quiere de ti. Cuando los deseos ajenos son obligaciones, y tus propios deseos no merecen atención. Cuando ya no sabes decir no, cuando sus opiniones sustentan tu autoestima, cuando vives en un escaparate para los demás.

Y es cuando la fachada está bien pintada y acorde a los gustos de tus cercanos, el momento en que te das cuenta de que el interior está sucio y desordenado, que no has cuidado nada de ti. Has creado una imagen con ese sabor genérico que guste a todo el mundo, en el espejo no te reconoces. Ahora toca deshacerlo todo, dejar que el viento, la lluvia y la sal vayan desconchando la pintura, y ponerte a ordenar ese desastre.


domingo, 17 de julio de 2016

Sobre mis tiburones hambrientos.

¿Sabes esa sensación de caminar sobre una tabla demasiado estrecha? Vamos a sumarle un mar terrorífico bajo la tabla, con olas tan grandes que casi nos rozan los pies. También hace bastante viento, sopla en nuestros oídos, es complicado mantener el equilibrio. Añadamos que la tabla cruje, soporta con dificultad nuestro peso. Y lo más importante, justo debajo de nosotros un grupo de tiburones hambrientos espera, deseando que caigas para destrozarte. De esos quería hablarles, de los tiburones hambrientos. De mis tiburones hambrientos.

Son esas personas que, familiares o no, compañeros, conocidos, examigos, examantes, incluso amantes, qué sé yo, esperan impacientes tu caída. No tomarán partido activamente en tu fracaso, al menos no de forma evidente. Ellos no son el viento y no son las olas, pero sí sonreirán con cada ráfaga que te haga temblar, se reirán ante tu gesto de horror al ver el mar enfurecido.

Todos tenemos algunos tiburones hambrientos, sean blancos o tigres, y a mí me han crecido unos cuantos. Pero los observo desde arriba, los saludo y les sonrío cada día. Y sigo caminando paso a paso, a veces segura y otras veces muerta de miedo. Los días de lluvia y tempestad me agarro muy fuerte a mi tabla poniendo en tensión todos mis músculos y lloro asustada. En esos momentos debo ser todo un espectáculo para ellos, deben fantasear recreando mi estrepitoso impacto contra el mar. Pero la expresión les cambia cuando, aunque arrastrándome o de rodillas, vuelvo a avanzar.

Mis tiburones hambrientos van a seguir teniendo hambre.

jueves, 16 de junio de 2016